Pascua interior



Hay un momento
en que el alma, cansada de sí misma,
se sienta en el borde de su propia noche
y entiende, por fin,
que vivir no siempre es estar vivo.

Entonces comienza lo más difícil:
dejar morir.

No al cuerpo,
no a la memoria,
no al amor que alguna vez nos sostuvo,
sino a todo aquello
que se fue pudriendo en silencio dentro de nosotros:

la culpa que hizo su casa en el pecho,
el miedo que nos volvió pequeños,
la tristeza vieja
que aprendió a decir nuestro nombre
como si le perteneciéramos.

Hay que soltar,
aunque las manos tiemblen.

Hay que abrir los dedos
y ver caer
lo que durante años confundimos con nuestra identidad:
las heridas,
el rencor,
la costumbre de sobrevivir apenas,
esa manera triste de arrastrar los días
como quien lleva una cruz
sin comprender todavía
que también hay mañanas.

Y duele.

Duele como duele arrancarse del alma
una sombra querida.
Duele como duele despedirse
de aquello que nos hizo daño
pero nos acompañó tanto tiempo
que ya parecía parte de la sangre.

Sin embargo,
llega un instante sagrado,
pequeño,
casi invisible,
en que uno deja de pelear con la luz
y se atreve a decir,
con la voz rota,
con los ojos llenos de agua,
con la humildad de quien ya cayó bastante:

voy a cambiar.

Voy a ser mejor.

Voy a hacer lo correcto,
aunque nadie lo vea,
aunque nadie me aplauda,
aunque cueste,
aunque tarde,
aunque el mundo siga girando
con su antigua violencia.

Y en esa decisión mínima,
tan humana que casi duele nombrarla,
empieza el milagro.

Porque resucitar
no siempre es volver de la muerte.

A veces,
resucitar
es algo más hondo y más secreto:

es volver del odio,
volver del cansancio,
volver de uno mismo
cuando uno mismo se había convertido
en su lugar más triste.

La Pascua, entonces,
no ocurre solamente en los templos
ni en los altares
ni en las palabras solemnes.

Ocurre adentro.

En esa región del corazón
donde por fin enterramos
lo que ya no nos deja amar.

Ocurre cuando dejamos atrás
la versión de nosotros
que aprendió a endurecerse para no romperse,
y abrazamos, con lágrimas,
a esa otra criatura frágil y luminosa
que todavía somos
y que todavía podemos salvar.

Tal vez de eso se trata.

De aceptar que no toda muerte es final,
que hay pérdidas que limpian,
que hay despedidas que bendicen,
que hay ruinas
de las que también brota la hierba.

Y que a veces
la forma más verdadera de la fe
no es mirar al cielo,
sino atreverse, al fin,
a ser buenos
cuando ya conocemos de sobra
la facilidad de la sombra.

Eso es la Pascua.

No una fecha.
No un símbolo.
No una costumbre.

Sino el temblor sagrado
de dejar morir lo que nos apaga
y levantarnos,
más humildes,
más limpios,
más humanos,
hacia la difícil
y hermosa tarea
de volver a empezar.

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